La IsleñaHistorias

Antonia Guerra Guerra

"Realmente somos una familia. Quienes entran a trabajar en La Isleña se adaptan y se suman a esta hermosa familia"
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José Juan Pérez Sánchez

"La Isleña abarca mucho más que este edificio, llega a nuestros hogares, a nuestra infancia"
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Antonia Guerra Guerra

Hace cuarenta y cuatro años que trabajo en La Isleña. Tenía solo catorce años cuando entré. Mi madre le preguntó al encargado de aquella época, que era vecino nuestro, si había algún trabajo para mí, y él le dijo que sí.

Empecé en la zona de empaquetado. Todo se hacía a mano y solo por mujeres. Los hombres estaban en la producción. Recuerdo que había cinco mesas con cinco mujeres en cada una de las mesas. En total éramos treinta. Los fideos venían en forma de rosca que se partía en tres pedazos y luego había que meterlos en el paquete.

Antiguamente los espaguetis se secaban al aire, en los secaderos. Hoy día  tenemos máquinas y mucha más precisión en los procesos. Yo he vivido las reformas en la fábrica y creo que los cambios que se produjeron nos han traído más comodidad en el trabajo, estamos mejor de esta manera. Ahora empaquetamos todo con las máquinas.

Estoy casada y tengo una hija, pero esta fábrica es también parte de mi familia. De los chicos nuevos que entran a trabajar hay al menos un par de ellos que me dicen “madre”. Resulta que yo soy la más antigua de la fábrica. Un poco soy la madre adoptiva de todos ellos porque los ponen a trabajar conmigo para enseñarlos.

En los jardines de la fábrica se ha celebrado más de una boda. Recuerdo la de un compañero que se casó en Arucas y el convite se hizo aquí. Ese niño era como un hijo para don Gabriel, el propietario de La Isleña porque desde los seis años de edad estaba corriendo por aquí en la fábrica. Actualmente se siguen haciendo aquí los brindis de Navidad. Realmente somos una familia, y quienes entran a trabajar en La Isleña se adaptan y se suman a esta hermosa familia.

 

José Juan Pérez Sánchez

Entré a trabajar en La Isleña cuando tenía veintidós años y nada me era ajeno. Yo conocía a todos desde pequeñito porque mi madre ya trabajaba aquí. Ella empezó con quince años, primero en la fábrica y posteriormente trabajó en la casa de don Andrés padre, el hijo del fundador.

Don Andrés siempre tuvo un trato cordial con los trabajadores. Fue el padrino de la boda de mis padres. Todos éramos de la zona, éramos vecinos. Nuestras vidas estaban de alguna manera entrelazadas gracias a esta fábrica. En su jardín se han hecho muchas celebraciones de bodas de los empleados.

Era un niño cuando venía a buscar a mi madre, subía y veía a las mujeres empaquetando la pasta. Recuerdo especialmente el olor del cacao para la época de Semana Santa. Antiguamente  las alfombras para la burrita se realizaban con las cascarillas del cacao que La Isleña aportaba. Las calles se impregnaban con ese aroma tan rico. El solo hecho de recordarlo me transporta a mi infancia y hasta me parece que aún puedo olerlo.

Llevo trabajando en La Isleña treinta y cuatro años. Yo vivo cerca, a dos casas de la instalaciones de la fábrica. Antiguamente  algunos trabajadores vivían en la propia  fábrica, por ejemplo, Quico, cuyo hijo trabaja con nosotros, o Lucía, que vivía en una casa que ahora cumple las funciones de almacén. Habitualmente decimos que “las cosas están allí abajo, en casa de Lucía”.

Es impresionante el cambio que hemos visto los que llevamos muchos años aquí. Yo lo he visto personalmente. Antes los procesos eran manuales y ahora la producción está industrializada; la tecnología nos ha aportado muchas cosas buenas para el desarrollo de nuestro trabajo.

La Isleña abarca mucho más que este edificio, llega a nuestros hogares, a nuestra infancia. Todos nos conocen, todo el mundo sabe algo de La Isleña.

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